Me llegó un agradable interrogante. Me interroga a mí, a mis pares y a una persona surreal. ¿Qué es ser periodista para mi hoy en día? Como primer punto, tomándome esta licencia de involucrarme en primera persona, entiendo que la profesión cambió en enormes rasgos pero que en su esencia es inamovible.
De lo cantado a lo escrito, de lo escrito a lo tecleado. Del plano en papel, al plano en el monitor. El periodismo y la tecnología transcurren las primeras décadas de relación, un tanto tóxica, pero tienen que seguir juntos porque así lo demanda la globalización (por suerte no son una pareja de carne y hueso). Podemos tratar mil aristas en esta unión, pero decido enfocarme en una en especial: el agigantamiento de la brecha entre el periodista de cotillón, pero no por eso menos periodista, y el periodista de vocación. ¿Por qué de cotillón? Porque es a lo que lleva la sobreinformación generada por lo efímero del mundo. Hoy, que ya se ha visto todo, el interés de los componentes de una sociedad emigra de un lado a otro, sin importar el peso o contenido elaborado. De cotillón, y que no se comprenda como despectivo, comprende a quienes toman la profesión para saciar pragmáticamente las necesidades, a veces morbosas, de quienes están del otro lado del ordenador. No sé lo que quiero, pero lo quiero ya, recitaba Luca, y parece que es lo que mueve a una gran porción. Y el periodista de hoy tiene que cumplir ese pedido. Aunque esto no es ninguna novedad. Pero lo que ha ocurrido en los últimos años es que, en un recuento imaginario pero se que muy cercano, hoy son más quienes se ven empapados de esta división, que por un lado facilita la labor de engendrar una noticia con contenido y no sólo con color, y en donde también muta la imagen de quienes siguen la espina dorsal de lo que es realmente el arte de crear, elaborar y difundir información.
El periodismo como vocación, y no como la simple esperanza de recoger un papel que certifique tu aptitud para ejercer la profesión, nunca podrá ser corrompido. Sea traspasado por el modelo o el progreso mundial. El sentimiento de deuda con la audiencia, a la hora de encontrar la información más pura, transparente y eficaz, siempre será la búsqueda del periodista de vocación. Nuestra formación nos adjudica un grado altísimo de importancia como nexo entre lo que verdaderamente pasa día a día y el ciudadano común, que se sienta en su tiempo de ocio (o en donde apenas pueda disfrutar de él) y espera saber que pasó en su macro o microentorno mientras el se ausentó. El periodismo como vocación, el que te hace sentir la adrenalina, como un privilegiado, es el que permite vivir de lo acontecido o de lo que vendrá. La información como base sustentable de vida, mientras que la palabra, escrita o recitada, es el color con el que uno se desenvuelve en la misma. El periodismo de vocación es intransigente. Y podré ser un poco ingenuo, pero se que los hay. Deseo ser uno de ellos.
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