jueves, 29 de marzo de 2018

De periodismo y otras rutinas

Me llegó un agradable interrogante. Me interroga a mí, a mis pares y a una persona surreal. ¿Qué es ser periodista para mi hoy en día? Como primer punto, tomándome esta licencia de involucrarme en primera persona, entiendo que la profesión cambió en enormes rasgos pero que en su esencia es inamovible. 

De lo cantado a lo escrito, de lo escrito a lo tecleado. Del plano en papel, al plano en el monitor. El periodismo y la tecnología transcurren las primeras décadas de relación, un tanto tóxica, pero tienen que seguir juntos porque así lo demanda la globalización (por suerte no son una pareja de carne y hueso). Podemos tratar mil aristas en esta unión, pero decido enfocarme en una en especial: el agigantamiento de la brecha entre el periodista de cotillón, pero no por eso menos periodista, y el periodista de vocación. ¿Por qué de cotillón? Porque es a lo que lleva la sobreinformación generada por lo efímero del mundo. Hoy, que ya se ha visto todo, el interés de los componentes de una sociedad emigra de un lado a otro, sin importar el peso o contenido elaborado. De cotillón, y que no se comprenda como despectivo, comprende a quienes toman la profesión para saciar pragmáticamente las necesidades, a veces morbosas, de quienes están del otro lado del ordenador. No sé lo que quiero, pero lo quiero ya, recitaba Luca, y parece que es lo que mueve a una gran porción. Y el periodista de hoy tiene que cumplir ese pedido. Aunque esto no es ninguna novedad. Pero lo que ha ocurrido en los últimos años es que, en un recuento imaginario pero se que muy cercano, hoy son más quienes se ven empapados de esta división, que por un lado facilita la labor de engendrar una noticia con contenido y no sólo con color, y en donde también muta la imagen de quienes siguen la espina dorsal de lo que es realmente el arte de crear, elaborar y difundir información.

El periodismo como vocación, y no como la simple esperanza de recoger un papel que certifique tu aptitud para ejercer la profesión, nunca podrá ser corrompido. Sea traspasado por el modelo o el progreso mundial. El sentimiento de deuda con la audiencia, a la hora de encontrar la información más pura, transparente y eficaz, siempre será la búsqueda del periodista de vocación. Nuestra formación nos adjudica un grado altísimo de importancia como nexo entre lo que verdaderamente pasa día a día y el ciudadano común, que se sienta en su tiempo de ocio (o en donde apenas pueda disfrutar de él) y espera saber que pasó en su macro o microentorno mientras el se ausentó. El periodismo como vocación, el que te hace sentir la adrenalina, como un privilegiado, es el que permite vivir de lo acontecido o de lo que vendrá. La información como base sustentable de vida, mientras que la palabra, escrita o recitada, es el color con el que uno se desenvuelve en la misma. El periodismo de vocación es intransigente. Y podré ser un poco ingenuo, pero se que los hay. Deseo ser uno de ellos. 

miércoles, 28 de marzo de 2018

Gracias al vecino creativo


Un joven quedó fuera de su departamento, debido a que olvidó sus llaves dentro del mismo, y, gracias a un desperfecto en la puerta, un hombre logró solucionar didácticamente su problema. 

Enzo, entrerriano por adopción, vive hace dos años en la intersección de Córdoba y Pueyrredón, debido a que inició sus estudios en periodismo. A fines del año pasado tomó la decisión de no seguir en el domicilio y se encontraba en la ciudad en búsqueda de un nuevo hogar. Conocía poco a sus vecinos, ya que se relacionaba lo justo y necesario -hola, buenos días, adiós-, hasta que su tarde de domingo lo dejó en traje de baño y ojotas fuera de su departamento.

El joven de 20 años, quien se dirigía al supermercado aledaño al edificio, olvidó sus llaves sobre la mesa del living. Dato que sólo recordó cuando un escalofrío lo recorrió al tocar su bolsillo derecho (el que habitualmente utiliza para su manojo), donde no sintió contenido. Se encontraba sólo, ya que sus ex compañeros estaban de vacaciones, pero ninguno en Capital, ya que la universidad la comenzaban en Marzo. Así, sin más remedio, decidió acudir a su vecino del 2 A. Carlos, un hombre ya jubilado, quien supo estudiar ingeniería de forma rudimentaria y luego dedicarse al manejo de coches, lo recibió sin ningún problema (a pesar de que era domingo y en horario de descanso). 

Allí comenzaron a idear dispositivos para intentar jugar a vencedores con la cerradura. Las ideas flotaron en el aire, pero todas se pinchaban rápidamente como un globo que se acerca a un alfiler. Cansados, más psicológica que físicamente, decidieron entregar la ilusión y llamar a un cerrajero. $1500 era la tarifa indicada. Enzo, no poseía ese dinero en ese momento, ya que había ido sólo por el fin de semana, y Carlos ofreció prestar el saldo necesario para poder satisfacer el monto. Así, iniciaron una charla de café en la espera del técnico. Pero allí se encendió una chispa, que retornó al longevo señor a sus años de "ingeniero". 

La puerta del 2 D, tiempo atrás, azotó como un látigo la madera contra el marco y había perdido su mirilla. Uno centímetros de diámetros permitían divisar a metros las llaves, pero que no así ingresar ningún objeto. Casi ninguno. Unas varillas de metal y madera, con clavo en la punta, fueron un prototipo exquisitamente ensayado el cuál, con un pulso envidiable, fueron los encargados de traer de nuevo las llaves del estudiante a buen puerto y, así, lograr que el mismo vuelva a ingresar a su tres ambientes. Carlos, el creativo vecino, luego fue recompensado merecidamente.

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