La vuelta. Vuelta del trabajo, de la facultad, la de campeón, la de cualquier tipo de actividad, que abre llegada hacia el hogar de uno. Boca se coronó por el torneo doméstico argentino y la fiesta tuvo un color que se acostumbra en estas ocasiones, pero con la cuota que el hincha xeneize sabe entregar.
Amanece el 9 de mayo, siempre por el este, las personas comienzan el día para emprender sus actividades, pero el día es menos pesado. El reloj consume las horas y la mente de los afiliados al sentimiento comienza a teñirse de azul y amarillo. Es miércoles, pero no importa. Todo se adominguiza si es por fútbol y más si tu equipo puede sumar una estrella. El partido es en La Plata, de visitante y lejos del templo, pero la gente se reune igual. Se pitan las 20 y el clamor toma por completo a esas personas.
A los dirigidos por el Mellizo con un punto les alcanza para coronar un año de indiscutida superioridad. En frente tienen a Gimnasia, que decididamente tiene la cabeza en otras prioridades. Ronda el minuto 12 y los alrededores de La Bombonera -si, del barrio de La Boca, a pesar de que el partido se esté jugando en otra ciudad- gritan un gol como si la cancha estuviera cerca. Pablo Perez vence el arco rival, y los colectivos repletos de gente, los bares, las esquinas y en otros entornos comunes de la vía pública se escucha una unión para el grito de gol. El resto, los goles de Colazo y Aleman para el Lobo, y de Wanchope Ábila para la visita, son de anécdota.
Como si fuera un domingo, pre-cancha, la gente peregrina hacia el Alberto J. Armando. Estallada de felicidad corea el famoso y anhelado por todos "Dale campeón, dale campeón". El estadio esta abierto para la fiesta y aunque sea mitad de semana, y a las 22, tanto popular como plateas le ponen música y encanto a la noche. Todos saben que los jugadores están festejando, como ellos y que el objetivo, el de verlos traer la copa a casa, no será antes de la medianoche. No importa. Esperan, y mientras esperan gozan, comparten abrazos, desgarran la garganta con cánticos. Una pantalla comienza a transmitir la llegada del micro que transporta a los galardonados y los decibeles aumentan.
Presidente, cuerpo técnico, jugadores y familiares entran en escena. Las cuatro horas de previa llegan a su punto más alto de expresión. La fiesta, como el año pasado, vuelve a revivirse y todos se olvidan del mañana, porque lo que importa en ese momento no es nada más que lo siguiente.